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miércoles, abril 26, 2006

Cuando la marcha atrás no funciona

90Independientemente de que, tal día como hoy, hace 69 años Gernika fuera bombardeada. Olvidando el hecho de que, tal jornada como la que acontece en estos instantes, veinte años atrás, explotara el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernobyl. Haciendo auténticos esfuerzos para ignorar que, en un pueblo de Badajoz, un 26 de abril, nació Leonardo Dantés o, en una galaxia paralela, Marujita Díaz, también en el 116º día del año del Calendario Gregoriano, abandonaba el útero materno... he de anunciar que hoy, festividad de San Isidoro, Cleto y Marcelino, celebro mi 29 cumpleaños. Parece que fue ayer, la verdad.

La providencia conspiró para que el martes me encontrara por la calle, abandonado en el suelo, un coqueto libreto que, en apenas 18 páginas, desglosa las 15 estaciones del Via Crucis. Por supuesto, lo he recogido y devorado, haciendo especial hincapié en la sexta estación, la de la verónica, mi favorita, por aquello de ser el suceso más marciano de la pasión, propio incluso de un tebeo de Grant Morrison. Al poco de llegar a casa, me lavé las manos con un jabón de aceite de oliva muy raro y un poco grasiento.

jueves, abril 13, 2006

¿Conseguirá el entomólogo satisfacer su afán de venganza?

094_1En los cómics de superhéroes que publicaba Zinco hace unos años aparecía, con mayor o menor frecuencia, algún artículo o una carta en la que tal o cual persona explicaba cómo se introdujo en el mundo del tebeo. No se referían al aspecto profesional, sino al puramente formal, al acto de iniciación e introducción en la lectura de viñetas. Desde el principio, me sentí extremadamente atraído por ese tipo de escritos, bien por la capacidad que tenían –a través de un lenguaje elemental y afable- de transmitir grandes historias construidas con insignificantes detalles, bien porque, en el fondo, todos ansiábamos hallar un alma gemela –ya sea ésta de Wisconsin o Tánger- con la que compartir un acto tan nimio y, a la vez, cósmico como es el comenzar a leer tebeos de superhéroes.
Detrás de cada relato autobiográfico, de cada tebeo de La Masa comprado en un supermercado cualquiera en un día lluvioso de abril, había una importantísima carga de emotividad, varias gotas de sentimentalismo pero, también, una capacidad nada habitual para contar una historia de forma amena y directísima, sin caer en las trampas del estilo. Así era porque todas las personas que vertían sus pensamientos en esos escritos, todavía seguían leyendo tebeos y, en consecuencia, seguían practicando los mismos y deliciosos hábitos de aquel que está enganchado de por vida al asunto éste de los bocadillos de texto. También incidían en los detalles propios del que está aquejado por el virus del coleccionismo y, en consecuencia, del conservacionismo más enfermizo. Es decir, el olor del tebeo recién impreso, las cubiertas vírgenes de huellas, la ilusionante llegada de un nuevo número al kiosko –eran tiempos en los que las capitales de algunas, bastantes provincias no contaban con librerías especializadas-, el vistazo rápido a la sección de correo en pos de una noticia que sería imposible conocer de otra forma...

En mi caso, todo comenzó un domingo de octubre de 1989. Tenía 12 años, esa edad en la que aquello que descubres y te produce placer, casi con seguridad te acompañará el resto de tu vida. Volvía de una comida familiar y me detuve ante uno de los kioskos de la Avenida de la Libertad (o ‘de España’ según el ideario urbano del franquismo). Llevaba tiempo queriendo introducirme en el asunto de los tebeos de superhéroes pero las elevadas cifras de numeración me alejaban de un universo que se me antojaba demasiado hermético y ajeno. Las posibilidades de comprar la parte número 227 de una historia y no enterarme de absolutamente nada eran terriblemente altas en aquella época de ingenuas estrategias comerciales por parte de las editoriales de tebeos.    

Por ello, cuando descubrí el número uno de El Extraño por el módico precio de 200 pesetas (1,20 ecus al cambio) supe que debía ser mío. En ese momento, y por gilipollas que pueda parecer esta afirmación, mi vida cambió por completo. Por supuesto, la historia me subyugó pero había algo más. Leía y releía cada número como si ese acto mecánico acelerara la llegada del mes siguiente; me detenía en los detalles; en las historias de terror de Bernie Wrighston que completaban el tebeo –una de las cuales plantó en mí el deseo, todavía insatisfecho, de comer ancas de rana-; y trataba de dotar de trascendencia a un cúmulo de papel grapado que, para qué engañarnos, había sido creado para el consumo popular. La historia de El Extraño –fascinante título y nombre para un personaje- iba ganando enteros mes a mes, primero con el inquietante primer número, la violenta segunda entrega, la reveladora tercera parte del folletín y, finalmente, el dramático final. Todo era perfecto, a pesar de que sus autores, el citado Bernie Wrighston al dibujo y Jim Starlin al guión, no han sido, ni remotamente, nombres a los que he seguido la pista compulsivamente, sino todo lo contrario. Apenas una semana después de adquirir el primer número de El Extraño, volví al kiosko a por otra dosis de papel con viñetas, lo que fuera. Compré el número 28 de Batman –dibujos de Breyfogle, guión de Wagner y Grant- y volví a quedar seducido por la narrativa de las viñetas.

095Paradójicamente, a día de hoy, la mayoría del material de ficción que leo son tebeos. Americanos, franceses, japoneses, belgas... da igual. La imposibilidad de recibir placer inmediato de una novela y una desafortunada sarta de decepciones en el campo de la ficción literaria ha provocado que me refugie en obras redondísimas como Uzumaki –nunca una obra escrita había sido capaz de generar en mí tal cantidad de mal rollo-, Brüssel –auténtico álbum de culto, la guía ideal para visitar Bruselas y comprender así una ciudad extraña como pocas- o las historias de Batman de principios de los 90 que ahora reedita Planeta.

Desde 1989 he comprado dos ocasiones más el primer número de El Extraño –una para regalar, otra para enmarcar-; adquirí la colección completa para obsequiarla en el momento adecuado a la persona adecuada, y he recomendado la compra de esa miniserie a media docena de personas. Que yo sepa, tres de ellas se hicieron con los cuatro números de El Extraño y quedaron satisfechos.

jueves, marzo 23, 2006

Dos minutos para la medianoche

093Tengo una Petri. La compraron mis padres en Canarias, de viaje de novios, hace más de treinta años. No es reflex pero casi: tiene un objetivo fijo de 45 mm con el que resulta, casi imposible, enfocar, de ahí que la cámara goce de la increíble capacidad para retratar la realidad de forma difusa y desenfocada. Con ella aprendí a manejar la velocidad de obturación y la apertura del diafragma, dando a luz a una serie de carretes de lo más marciano. Hace dos años introduje en la Petri un carrete caducado. Mi intención era sacar una foto en cada uno de los lugares que visitara con ella, de forma que, 36 fotos después, la cámara daría a luz un carrete único e irremplazable. La imposibilidad de viajar allá donde fuera con otra cámara más (amén de la Polaroid, la digital o la reflex por aquello de que sólo con ella puedo utilizar un gran angular) truncó el experimento y, a día de hoy, ignoro qué es lo que contiene la cámara. El contador de fotos lleva estropeado una década lo que hace imposible conocer cuántas fotos tiene en su interior o cuántas más voy a poder sacar.

Hace dos años, también, conseguí un teléfono móvil con cámara de fotos. Durante todo este tiempo lo he utilizado de forma más o menos regular para fotografiar mil doscientas tonterías. El problema era la imposibilidad de descargar las imágenes sin antes apoquinar 1 euro por transferir del teléfono al ordenador un birrioso archivo de 10 kas. El pasado fin de semana, gracias al MILAGRO DE LOS INFRARROJOS, conseguí llevar a cabo la transacción y, para mi sorpresa, una importante cantidad de fotos estaban corruptas, atrapadas en el mundo electrónico del móvil sin posibilidad de salir de él. De las 38 fotos que conseguí rescatar he seleccionado 15 para colgarlas aquí, a modo de resumen subjetivo (y viciado por las imperfecciones de la tecnología) de lo que he hecho en los últimos dos años. He aquí, pues... lo que he hecho en los últimos dos años.
    Lo primero que hice con la cámara fue sacarme una foto, una semana antes de cortarme el pelo; luego viajé a Barcelona en avión y, al llegar al aeropuerto, sentí la necesidad de defecar en El Prat. Lo hice, en compañía de El Gran Día de Gilles Perrault. Dos meses después, conduje desde Soria hasta Vitoria para ver un concierto de Fear Factory. No pasó ni un mes y saqué una foto de Pasajes a las 7.01 de la mañana, poco antes de partir hacia Burdeos, y otra en Mallorca a las 7.47 de la mañana, a un muelle de madera de la playa de la Albufera. He aquí un vistazo a las baldosas de San Sebastián, y otro a los azulejos que decoran el suelo del café Iruña de Bilbao. En noviembre de 2004, llegué a Barcelona a las 6.30 de la mañana tras un viaje en el bus nocturno. Desayuné un Cola Cao y una napolitana en una cafetería adosada a El Corte Ingles de la plaza de Cataluña y marché al Cementerio del Este para sacar fotos al amanecer. Allí ví la estatua de El Beso de La Muerte. Poco después, contemplé una extraña puesta de sol en San Sebastián. En septiembre de 2004 acudí al cine Astoria para ver el pase de Pink Flamingos, proyectada durante el Festival de Cine de ese año. Dado que el cierre de ese cine y el derribo del edificio era inminente, saqué esta foto. Poco después del incendio del Windsor pasé por Madrid y allí cometí el acto provinciano y pueril de fotografiarme junto a él. Luego me corté el pelo, saqué una foto a la mesa del técnico de Punto Radio y marché a Madrid de nuevo para ver a Mötley Crüe en directo. Días después de aquello, acudí a una boda y aparecí, como no podía ser de otra forma, borracho y desdibujado.

viernes, marzo 03, 2006

Acogedor, sucio y misterioso

092Ahora que acabo de abandonar, tras años de indiscutible fidelidad, esa protuberancia en el bolsillo trasero del pantalón llamada WALKMAN, y que me dedico a la flânerie en compañía de reproductor de mp3 de MEDIO KILO –de tonelaje, no de precio- me surge una pregunta día sí, día también: ¿Cuánto pesa la música? ¿Se comporta igual ante la báscula un reproductor de mp3 cargado con 20 gigas de música que uno con apenas unos kas de grabaciones de la Beijing Central Phil Orchestra? La pregunta puede parecer de un absurdo denunciable, pero cada día estoy más convencido que todo este torrente de ruidos, saqueado de las entrañas de la creatividad mundial, tiene un peso específico. La trascendencia de estas líneas la confirman mis axilas, que acostumbran a segregar sudor cada vez que escribo algo de sospechosa enjundia.

Hace cuatro años y medio comencé a realizar una serie de reportajes que trataran de alejarse, en la medida de lo posible, de la desmoralizante y, a menudo, deprimente rutina del periodismo local. Ante la perspectiva de informar sobre una realidad nada halagüeña y carente de estímulos, opté por recorrer la ciudad en pos de puertas, placas, emblemas, pintadas, monumentos o calles capaces de generar preguntas o desvelar misterios. Para mi sorpresa, la propia dinámica de los reportajes los convertía en un objeto difícilmente amortizable para un periodista freelance, pero terriblemente satisfactorio y vistoso. Obviamente, para disfrutar y comprender este tipo de reportajes, debe existir cierta sintonía y complicidad con la ciudad.

Al menos, eso creía yo hasta que en 2003, el día después de ver el show de reunión de Jane’s Addiction en Barcelona, me topé en el Fnac de Diagonal Sur con un libro de gratísimo contenido: Paseos insólitos para descubrir, de Joseph M. Huertas. Se trata de un objeto entrañable, en absoluto ambicioso, pero cargado a espuertas de generosas dosis de detallismo, imaginación e instinto, el libro ideal que toda ciudad de pasado romántico debería tener. San Sebastián es una de ellas. El libro de Huertas es absorbente y delicioso, aunque no se conozca ni el 5% de las curiosidades que desvela. El mismo cariño y tesón con el que ha sido facturado revierte en el lector. Llevaba un tiempo dándole vueltas a la posibilidad de recopilar las cuatro decenas de misterios urbanos que he tratado de dar solución en estos últimos años. Hace un año, hubo un intento oficial de hacerlo –electrónicamente, por supuesto- pero se perdió en los laberintos de la burocracia. Los artículos que acompañan a cada incógnita son sensiblemente más largos que los escritos por Joseph M. Huertas, y lo son por una razón muy sencilla: después de pasar tres o cuatro días tras la pista de una pintada gris facturada a principios del siglo XX en el ábside de la Catedral del Buen Pastor, me resultaba imposible plasmar en cuatro líneas y una foto la escueta solución. La misma búsqueda había generado una historia –y unas imágenes- que, creo, debía ser contada. Y, lo más importante, muchas de las búsquedas no han finalizado con la publicación de la incógnita resuelta, sino que han ido creciendo bien gracias a personas, bien gracias a ciudades que he ido conociendo posteriormente. De ahí la necesidad de crear una plataforma de publicación viva e interactiva, en absoluto limitada por la tiranía del espacio, el diseño o la falta de ilusión.

He aquí los frutos de los primeros esfuerzos. A medida que vaya recopilando, rehaciendo y rescribiendo textos los iré colgando.

viernes, febrero 17, 2006

Vuela alto, Michelle

091
A continuación,  Y SIN VENIR A CUENTO, el top 4 de restaurantes en los que sirven LAS MEJORES TARTAS DE QUESO DEL PLANETA (del planeta TIERRA, por supuesto).

Ekaitz, en el monte Mendizorrotz, santo lugar de ficticios avistamientos ovni sito a 8 kilómetros de San Sebastianópolis. Del Ekaitz y de la mejor tarta de queso que he catado en mi vida ya hablé en una ocasión. Da igual, lo sigo ratificando: esa pieza de hostelería algún día será canonizada. Todo es perfecto en ella, todos sus elementos van perfectamente acompasados, como el universo mismo, como un reloj suizo, como Casino de Scorsese, como el solo de guitarra de Epic, como el párrafo final de El Arpa de Hierba: galleta molida en la base, gélido y cremoso queso fresco en el medio y una mancha caótica de mermelada de arándano en lo alto. Si Dios fuera una tarta, sería la tarta de queso del Ekaitz.

Saltxipi, en el barrio de San Esteban, en Usurbilandia, pueblo extraño de miradas esquivas. Hubo una época en la que era incapaz de distinguir entre la grandiosidad de esta quesada y la del restaurante anterior. Ambas parecían rozar la perfección hasta que un día, por designios de un caprichoso destino, opté por canonizar la tarta del Ekaitz y me limité a santificar la del Saltxipi. Conste que ésta ratifica los mismos aciertos que la citadísima: base de galleta tosca y desmigada, mantecoso requesón y mermelada roja al gusto del comensal... Puede que sean las raciones –un tanto exageradas-, puede que en las últimas ocasiones que he comido-cenado allí llegara a los postres un tanto espeso, el caso es que la tarta de queso del Saltxipi es buena, muy buena, pero debo seguir meditando si me caso, o no, con ella.

Starbucks. Efectivamente, la franquicia de café caro; magno lugar en el que prohíben fumar y le ponen tu nombre –el de usted- a las tazas de plástico en las que te sirven esas bebidas calientes tan adorablemente americanas. Su tarta de queso es, seguramente, producto de una nave industrial del sur de Móstoles o del norte de Mataró, lo que no impide que sea un dulce con fundamento, de texturas compactas y densas manchas de mermelada en su interior. La galleta de la base es, también, un acierto equiparable a la campaña de Patton en Caen, un gozo mundano sólo al alcance de aquellos que quieran pagar los miserables tres euros y pico que cuesta este lujo para el paladar.

Portuetxe, en el barrio de Igara, en el corazón de los pantanos desecados de San Sebastiánópolis. Nada que objetar sobre el requesón ni la mermelada decantada artesanalmente, ambos elementos han sido gloriosamente creados. El problema es su base, ay, su base. No es de galleta, sino de traicionero hojaldre, celestial pieza de hostelería cuyo hábitat ideal, considero yo, no es mi adorada tarta de queso.

Estos escritos han sido hechos bajo la advocación de San Cristóbal (no se pierdan el estupendo protagonismo del que hace gala mi santo favorito en Crash, de Paul Haggis) y Disengage, cuyo Application for an Afterlife me acompaña por las calles de San Sebastianópolis mientras camino con elegancia y porte sin igual. 

lunes, febrero 06, 2006

Amor bajo el agua

088Pongamos que hablo del Capitaine Conan, que hoy es domingo y nadie se ha levantado padeciendo rescaca. El susodicho me escribe para dar fe de un excelente plan para una mañana gélida de febrero: calzarse las pantuflas, ponerse delante del computador y bucear entre los fondos de la librería Paris Valencia en pos de un pedido que dinamite el buzón en un par de semanas. No es la primera vez que hablo de ese lugar, ni será la última, pues París Valencia ha sido, es y seguirá siendo por mucho tiempo, el paraíso de los libros de saldo, los libros pobres, los que nadie quiere y que en ese PIADOSO LUGAR despachan a precios de risa vampírica. La librería valenciana figura en Mis Favoritos como el Paralibro, porque siempre actúa así en mi vida, como un edén en el que puedes coger de casi todo sin miedo a gastar en demasía. A París Valencia le debo gozosísimas escenas vividas en la estafeta de Correos y auténticos momentos  de alborozo frente al computador al comprobar que tenían tal o cual libro de Stephen Keeler, que habían añadido algunos relatos inencontrables de Robert Bloch o que, milagrosamente, seguía siendo la única librería de España en la que vendían el Celtiberia Show de Luis Carandell a 10 euros y en perfecto estado.

Paradójicamente, la magia de París Valencia radica en su intangibilidad, en su inexistencia y, en definitiva, en su virtualidad. No se puede tocar, ni recorrer, ni tan siquiera pasear. Tampoco se pueden ojear sus libros, ni juzgar las portadas, ni elegir el ejemplar que se encuentra en mejor estado porque, aunque existe y cuenta con cuatro tiendas -cimentadas, reales, con paredes, techos y puertas-, lo mejor de París Valencia es su catálogo de venta por correo. Lo comprobé en una ocasión, cuando N. y yo recorrimos 400 kilómetros en coche (200 de ida, 200 de vuelta) para pasear por la estación ferroviaria de Valencia y comprobar si la citada librería era ese lugar mágico que, imaginábamos, tenía kilómetros de estanterías, un fondo editorial ilimitado y sorpresas en cada rincón. Desgraciadamente, no fue así: la magia de París Valencia sólo es palpable en su rebotica, en ese inaccesible almacén en que esconden el vasto catálogo que ofertan por internet. La realidad fue, en esta caso, decepcionante. La virtualidad, por el contrario, no lo ha sido nunca.

Creo haber adquirido cerca de una treintena de libros, y en la mayoría de los casos ignoraba por completo la forma, aspecto o portada de la obra que estaba comprando. Ello es lo habitual porque París Valencia tiene tanto material y tan barato que a uno le da igual lo terrible que pueda ser la edición adquirida. Durante una época no fui capaz de aceptar ese hecho, de ahí que experimentara una súbita pasión por el arte de la encuadernación: cuando recibía un libro y su portada o aspecto no me gustaban, me fabricaba otra. He aquí un par de ejemplos prácticos de esta manía distorsionadora: un volumen de relatos de O. Henry por aquí, y una edición de Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela por acá.

089Al recibir el paquete, la sorpresa siempre –o casi siempre- es total: primero retiras el tosco papel marrón de envolver, luego el plástico con ampollas de aire. A continuación, el cartón protector, seguido del característico papel de envolver de la librería. Finalmente, el tesoro.

Éstos son SIETE hitos consumistas en mi relación con París Valencia, auténticos momentos de alborozo bibliófilo:

-El Gran Día, de Guilles Perrault. No es El día más largo de Cornelius Ryan pero se acerca. Fantástico libro sobre el día D, el factor humano en la II G.M, la resistencia francesa...
-Noches de Sing-Sing, de Harry Stephen Keeler. Extrañísimo y, ojo, entretenidísimo. Si David Lynch tuviera 12 años, escribiera libros y los hiciera inteligibles, alumbraría libros como los de Keeler.
-Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson. Edición muy rara, publicada en los años setenta en la colección Star Books de la editorial Producciones Editoriales.
-La Hermandad de la Uva, de John Fante. Un año antes de que Anagrama recuperara la obra de Fante, París Valencia contaba –y creo que sigue contando- con ejemplares de la, para mí, la mejor novela del escritor norteamericano.
-Obras de teatro de la editorial Escelicer publicadas en los años sesenta: deliciosos libritos a 0.90 euros con comedias de Miguel Mihura (Ninnette, modas de París, Milagro en casa de los López) o del sin par Edgar Neville (Alta Fidelidad).
-De New York a California, de Antonio Heras. Auténtica joya de periodismo viajero, burgués y exquisito editado por Espasa en los años cincuenta. Poco debió vender en su época porque en PV llevan años despachando ejemplares a 1,20 euros.
-Dossier Privado de Hitler. No es un libro, ni se le parece. Se trata de una carpeta de cartón que contiene varios fac símiles bastante cafres: uno del pasaporte militar del Führer, un par de fotos (presuntamente prohibidas, imagino que por lo de la semidesnudez) de las hermanas Braun, un retrato a color del dictador, un poster de propaganda nazi y, lo mejor, una acuarela fea feísima pintada por Hitler.

Sólo hay una cosa mejor que leer: comprar libros por correo. Lo primero, en ocasiones, decepciona. Lo segundo, casi nunca.

jueves, febrero 02, 2006

La simplicidad de las bicicletas

087Me encontré a B. en el tren que une –es un decir- Madrid con San Sebastianópolis. Yo viajaba en el vagón 11, junto a una señora que lucía una mascarilla verde de quirófano. B. lo hacía en el vagón 18, aunque acudía a mi carruaje para fumar, a escondidas, en el baño de Preferente. Leía –yo, no él- El Enigma de Colón de Juan Eslava Galán, un libro-ensayo altamente recomendable que nada tiene que ver con la novela histórica así como paranoica y conspiratoria que ahora está en boga. El libro es entretenido, revelador y ARREBATADORAMENTE PESIMISTA por esas conclusiones tan obvias que todos ustedes ya están pensando sobre el descubrimiento de América, el indiocidio y todo lo demás. Una vez finiquitado éste, comencé a releer El Misterio de las Catedrales de Fulcanelli, en una edición de bolsillo recién adquirida para subrayar, pintar, dibujar y llevar de viaje pues sentiría pena al violar el ejemplar de la colección Rotativa de Plaza & Janés que compré en El Desván del Libro.

La gran sorpresa del viaje fue descubrir que B. portaba Ciudad Violenta de Jim Thompson, MI CIUDAD VIOLENTA, que le presté en septiembre de 2004 y aprovechó para devolverme tal día como el domingo. En su día, también se llevó Diario de un álbum de Dupuy y Berberian, MI DIARIO DE UN ÁLBUM, pero no hubo suerte: ése no lo llevaba en la mochila.

Desde hace un par de semanas conduzco SIN UTILIZAR EL INTERMITENTE DE LA DERECHA. Lo hago porque, por obra de magia, dejó de funcionar y no encuentro el momento adecuado para llevarlo al mecánico. El intermitente se ilumina, claro, como siempre: ahora sí, ahora no, recuerden el chiste. El fallo surge cuando presiono la palanca y algún CABLE CANALLA se niega a transmitir la señal. Por supuesto, en ningún momento he nadado en las AGUAS DE LA ILEGALIDAD porque siempre que conduzco lo hago por la derecha, de forma que nunca debo indicar ni avisar a nadie sobre mis movimientos. ¿Y las salidas de la autopista? Enciendo las luces de emergencia, entono una saeta en honor de San Cristóbal y quedo absuelto de todo pecado. Conducir sin intermitente derecho es un ARTE que recomiendo practicar a todo el mundo, como subir en el ascensor conteniendo la respiración, caminar por la calle sin pisar las baldosas blancas o contar los mojones impares de la autopista.

En Madrid, también compré el Diccionario de Símbolos de Juan Eduardo Cirlot, editado por Siruela; dos preciosas ediciones fac-simil de las Aventuras de Arturo Gordon Pym de Edgardo Allan Poe y El Comandante Pipe y su padre, de René Benjamín, ambos por 2,95 euros en Casa del Libro. No es que recomiende su compra, sino que, directamente, obligaría a todo el mundo a que se pasara por las franquicias de toda España de esa librería y ARRASARA con todas esas fantásticas reediciones de los años veinte, incluyendo el libro de viajes sobre Nueva York, de Julio Camba o los cuentos de Perrault. Feliz Navidad.

También me compré de saldo Powerslave, de Iron Maiden (a mis 28 años, qué cosas, estoy descubriendo la piedra angular del HEAVY MENTAL) pero este acontecimiento tan fantástico y singular es digno de un post aparte... o no.

lunes, enero 23, 2006

El ruido que piensa

086_1Hay días en los que, al terminar el trabajo, tengo necesidad de sumergirme en un total y absoluto BARBECHO MENTAL. De ahí que acuda al cine más cercano y compre una entrada, sin apenas meditarlo, para LA PELÍCULA MÁS DESASTROSA DE LA CARTELERA. No quiero sutilezas, ni tramas complicadas –aquellas en las que las armas brillan por su ausencia-, ni sentimientos profundos, ni tan siquiera gente guapa. Quiero algo BÁSICO, TOSCO, ESTÚPIDO y PRIMARIO. De ahí que pueda jactarme de haber gastado dinero en películas como Scooby Doo, La Mansión Encantada, Komodo, Ja Me Maten  –ambas en compañía del Capitaine Conan, devorador de caspa con título-, o El Asombroso Mundo de Borja Mari y Pocholo. Creo que no hay nada de lo que enorgullecerse porque esos filmes, amén de malos, son muy aburridos, con lo cual no sirvieron a mis fines.

El lunes tuve la pésima suerte de pagar casi seis ecus (unos seis euros de los de antes) por Alone in the dark, una de esas películas que, a los cinco minutos de haber comenzado, ya presagian lo peor. Si a eso le sumamos una nada desdeñable CAPACIDAD DE ABSTRACCIÓN que desarrollé de niño, en las misas del domingo, pues me ví, a los 15 minutos de metraje, sumido en túnel sin salida. Ni sabía de qué iba –durante el prólogo me evadí con un pensamiento que ahora no recuerdo- y ni tenía esperanzas en recuperar el interés. El único aliciente, a lo largo de los 80 minutos restantes era fijarme en los implantes de pelo que luce Christian Slater. 

Todo esto ocurrió a partir de las 20 horas en la sala 4 de los cines B, los del olor a ORÍN Y ALMIDÓN, recuerden. Casualmente, cuando he vuelto a casa y he consultado las estadísticas he descubierto que a las 20.29 alguien ha entrado al blog tras introducir en el Google la siguiente entrada: “¿Cuantas butacas tiene la sala 4 de los cines Oscar La Bretxa?”. Es una tontería, cierto, pero también una singular casualidad.

jueves, enero 12, 2006

De cómo perder el tiempo en una habitación oscura

085Tras nueve meses de involuntaria insumisión, hoy he renovado el DNI. La funcionaria me ha pedido el dedo índice de la mano derecha y ante la duda, le he ofrecido la mano completa para que cogiera el que quisiera. Luego he hecho amago cobarde de visitar el MUSEO DIOCESANO de San Sebastián pero el hecho de tener que esperar 30 minutos hasta la hora de apertura me ha disuadido. Llevo dos días sacando fotos a los carteles de calles de San Sebastián para un reportaje que, no lo sé todavía, puede pecar de ABSURDO o de magistral. Tanto paseo en solitario, tanto ejercer de flaneur con la cabeza erguida en pos de una PLACA MARCIANA mientras suena en el walkman The Gathering, Shelter o Corrosion Of Conformity, le hace percatarse a uno de que Sansebastianópolis, por las mañanas, es una CIUDAD EMINENTEMENTE FEMENINA, poblada por mujeres de todas las edades y condiciones que van y vienen.

Últimamente, compro muchos libros (Diccionario crítico de mitos y símbolos del nazismo de Rosa Sala, No Logo, de Naomi Klein, El Conde de Montecristo -edición de Mondadori- de Alexandre Dumas, Narrativa completa de Bertold Brecht, Mitos y leyendas de los Mayas, Volcanes Dormidos de Rosa Regás...), leo algunos, veo las películas de Aterriza como puedas en deuvedé, la segunda temporada de Futurama y, por las noches, no me acuesto sin leer la vida de un Santo y, a continuación, deleitar la vista, el intelecto y el alma con un episodio de El Equipo A. También ingiero batidos de yogurt, leche, vainilla en polvo adquirida en el mercado de San José, Costa Rica y plátano troceado mientras la televisión escupe vídeos raros y violentos de grupos noruegos de black metal. Creo que abuso del azúcar. Siempre ha sido así. 

viernes, enero 06, 2006

Todas iguales. Cada una diferente

084_1Diez años atrás, en diciembre de 1995, me mudé a un piso en el número 67 bis de Alameda Mazarredo, Bilbao. Eran tiempos de nomadismo estudiantil. Por aquella época, la calle en cuestión era un lugar inhóspito, en absoluto frecuentado por paseantes y trufado de tiendas abocadas al mayor de los fracasos comerciales. Recuerdo una camisería en la que, durante los 15 meses que pernocté en Mazarredo, nunca vi un solo cliente en el interior. De hecho, ni el propio vendedor entraba. Siempre estaba en el exterior, atascado en la puerta, temeroso de ver reflejado su fracaso en el espejo de los probadores, esperando oleadas de clientes que nunca llegaban. En la misma acera había una tienda con productos para espías, un comercio de bañeras y duchas, amén de un bar diminuto y ENTRAÑABLEMENTE SUCIO frecuentado por los obreros que trabajaban en el Guggenheim. El museo en obras era el principal –cuando no el único- atractivo de la casa en la que viví.

La franquicia bilbaína del Guggenheim era, todavía, un esqueleto de vigas granates que, parecía, no iba a finalizar nunca. Ni la gente de Bilbao sabía a ciencia cierta qué se estaba construyendo ahí, ni las consecuencias que ello iba a tener para la ciudad. Llegué a esa casa con el recuerdo reciente de Smoke, la estupenda película de Wayne Wang, contagiada por el ‘estilo Auster’ de contemplar la realidad.

En cuanto salí al balcón del quinto piso del 67 bis de Alameda Mazarredo sabía perfectamente qué es lo que tenía que hacer: realizar una marca en la barandilla y colocar sobre ella, todas las semanas, una cámara fotográfica. Luego pulsaría el disparador. Así, durante 15 meses, cuatro veces por mes. No había normas con respecto a la hora o el día de la semana que había que sacar la foto, ni tampoco discusiones técnicas. Sólo una exigencia más. Las imágenes habían de ser tomadas de día, dadas las limitaciones de las cámaras que poseía por aquel entonces: una de usar y tirar de marca ya olvidada, una Nikon compacta y una Fuji igualmente compacta pero con un objetivo infinitamente mejor. No había zoom, no había trípode, ni objetivos intercambiables, ni velocidad de obturación. SÓLO CÁMARAS SUSCEPTIBLES DE SER REGALADAS EN UNA PRIMERA COMUNIÓN.

El resto de esta teoría ya fue brillantemente escrito diez años atrás, por lo que sería estúpido tratar de rehacer aquello en lo que me basé. Así reza el guión de Paul Auster: “Son todas iguales, pero cada una es diferente de todas las demás. Tienes mañanas luminosas y mañanas sombrías. Tienes luz de verano y luz de otoño. Tienes días laborables y fines de semana. Tienes gente con abrigo y botas impermeables y gente con pantalones cortos y camiseta. A veces son las mismas personas, otras veces son diferentes. Y a veces las personas diferentes se convierten en las mismas y las mismas desaparecen. La tierra da vueltas alrededor de sol y cada día la luz de sol da en la tierra con un ángulo diferente.”

Es la primera vez que muestro abiertamente una selección de estas fotografías. Todas han sido viradas a blanco y negro por razones puramente estéticas. Un último apunte. Las obras del Guggenheim finalizaron nueve meses después de que abandonara la casa. Por ello, nunca obtuve LA FOTO DEFINITIVA del museo, es decir, la instantánea del resultado final: el museo sin andamios ni grúas, sin obreros, ni sacas de cemento. Así, falta una foto para completar la colección y ésa es, precisamente, la única que puede esperar. 

La plasmación gráfica de esta historia se encuentra aquí.