Pongamos que hablo del Capitaine Conan, que hoy es domingo y nadie se ha levantado padeciendo rescaca. El susodicho me escribe para dar fe de un excelente plan para una mañana gélida de febrero: calzarse las pantuflas, ponerse delante del computador y bucear entre los fondos de la librería Paris Valencia en pos de un pedido que dinamite el buzón en un par de semanas. No es la primera vez que hablo de ese lugar, ni será la última, pues París Valencia ha sido, es y seguirá siendo por mucho tiempo, el paraíso de los libros de saldo, los libros pobres, los que nadie quiere y que en ese PIADOSO LUGAR despachan a precios de risa vampírica. La librería valenciana figura en Mis Favoritos como el Paralibro, porque siempre actúa así en mi vida, como un edén en el que puedes coger de casi todo sin miedo a gastar en demasía. A París Valencia le debo gozosísimas escenas vividas en la estafeta de Correos y auténticos momentos de alborozo frente al computador al comprobar que tenían tal o cual libro de Stephen Keeler, que habían añadido algunos relatos inencontrables de Robert Bloch o que, milagrosamente, seguía siendo la única librería de España en la que vendían el Celtiberia Show de Luis Carandell a 10 euros y en perfecto estado.
Paradójicamente, la magia de París Valencia radica en su intangibilidad, en su inexistencia y, en definitiva, en su virtualidad. No se puede tocar, ni recorrer, ni tan siquiera pasear. Tampoco se pueden ojear sus libros, ni juzgar las portadas, ni elegir el ejemplar que se encuentra en mejor estado porque, aunque existe y cuenta con cuatro tiendas -cimentadas, reales, con paredes, techos y puertas-, lo mejor de París Valencia es su catálogo de venta por correo. Lo comprobé en una ocasión, cuando N. y yo recorrimos 400 kilómetros en coche (200 de ida, 200 de vuelta) para pasear por la estación ferroviaria de Valencia y comprobar si la citada librería era ese lugar mágico que, imaginábamos, tenía kilómetros de estanterías, un fondo editorial ilimitado y sorpresas en cada rincón. Desgraciadamente, no fue así: la magia de París Valencia sólo es palpable en su rebotica, en ese inaccesible almacén en que esconden el vasto catálogo que ofertan por internet. La realidad fue, en esta caso, decepcionante. La virtualidad, por el contrario, no lo ha sido nunca.
Creo haber adquirido cerca de una treintena de libros, y en la mayoría de los casos ignoraba por completo la forma, aspecto o portada de la obra que estaba comprando. Ello es lo habitual porque París Valencia tiene tanto material y tan barato que a uno le da igual lo terrible que pueda ser la edición adquirida. Durante una época no fui capaz de aceptar ese hecho, de ahí que experimentara una súbita pasión por el arte de la encuadernación: cuando recibía un libro y su portada o aspecto no me gustaban, me fabricaba otra. He aquí un par de ejemplos prácticos de esta manía distorsionadora: un volumen de relatos de O. Henry por aquí, y una edición de Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela por acá.
Al recibir el paquete, la sorpresa siempre –o casi siempre- es total: primero retiras el tosco papel marrón de envolver, luego el plástico con ampollas de aire. A continuación, el cartón protector, seguido del característico papel de envolver de la librería. Finalmente, el tesoro.
Éstos son SIETE hitos consumistas en mi relación con París Valencia, auténticos momentos de alborozo bibliófilo:
-El Gran Día, de Guilles Perrault. No es El día más largo de Cornelius Ryan pero se acerca. Fantástico libro sobre el día D, el factor humano en la II G.M, la resistencia francesa...
-Noches de Sing-Sing, de Harry Stephen Keeler. Extrañísimo y, ojo, entretenidísimo. Si David Lynch tuviera 12 años, escribiera libros y los hiciera inteligibles, alumbraría libros como los de Keeler.
-Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson. Edición muy rara, publicada en los años setenta en la colección Star Books de la editorial Producciones Editoriales.
-La Hermandad de la Uva, de John Fante. Un año antes de que Anagrama recuperara la obra de Fante, París Valencia contaba –y creo que sigue contando- con ejemplares de la, para mí, la mejor novela del escritor norteamericano.
-Obras de teatro de la editorial Escelicer publicadas en los años sesenta: deliciosos libritos a 0.90 euros con comedias de Miguel Mihura (Ninnette, modas de París, Milagro en casa de los López) o del sin par Edgar Neville (Alta Fidelidad).
-De New York a California, de Antonio Heras. Auténtica joya de periodismo viajero, burgués y exquisito editado por Espasa en los años cincuenta. Poco debió vender en su época porque en PV llevan años despachando ejemplares a 1,20 euros.
-Dossier Privado de Hitler. No es un libro, ni se le parece. Se trata de una carpeta de cartón que contiene varios fac símiles bastante cafres: uno del pasaporte militar del Führer, un par de fotos (presuntamente prohibidas, imagino que por lo de la semidesnudez) de las hermanas Braun, un retrato a color del dictador, un poster de propaganda nazi y, lo mejor, una acuarela fea feísima pintada por Hitler.
Sólo hay una cosa mejor que leer: comprar libros por correo. Lo primero, en ocasiones, decepciona. Lo segundo, casi nunca.