Que no sufra vértigo aquel que quiera volar
Por alguna extraña razón que no alcanzo a comprender, colecciono bolas de nieve desde hace casi DIEZ años. Por supuesto, exagero y miento. Lo cierto es que comprendo mis propias razones para llevar a cabo tal afición y soy perfectamente capaz de justificar una afición tan VULGAR. En el fondo, ADORO mis bolas de nieve, las limpio con mimo, depuro el agua de su interior de forma periódica y me gusta, cada cierto, tiempo perder la vista entre los blancos copos sintéticos de Chicago, Venecia o el parque Nacional Kakadu. Porque, ante todo, las bolas de nieve relajan y confieren un aire cosmopolita a la biblioteca en la que habitan. Aunque prefiero comprarlas yo mismo, in situ, en aquellos lugares que visito, no hago ascos a bolas extranjeras porque, eso sí, la única norma no-escrita para la colección es que NO ACEPTO BOLAS ESPAÑOLAS (ni tampoco vasconitas). De hecho, la única bola celtíbera que tiene el honor de formar parte de la colección es una de Torremolinos porque la localidad malagueña está más allá del bien, del mal, de lo positivo, de lo negativo, DE TODO. Torremolinos es un lugar marciano y bello. Y punto.
Es cuestión de tiempo que habilite una galería de fotos con todas las bolas de la colección, aunque soy muy consciente de que la imagen ideal de cada esfera nevada es aquella que se obtiene en el lugar en el que es adquirida. Es decir, no hay nada más POÉTICO Y ESTÚPIDO que una estampita del Papa Juan Pablo II en el interior de una bola de nieve, cerniéndose sobre EL MAYOR TEMPLO DE LA CRISTIANDAD, mientras éste (el templo, no el Papa) puede verse en la lejanía. Por si mi dialéctica no es lo suficientemente clara, echen un vistazo a esta teleplastia que obtuve en Roma (en cuyas tiendas, por cierto, están saldando a precios realmente competitivos, todo el merchandising del Papa saliente) y sabrán a lo que me refiero, amén de poder evitar la lectura de un párrafo tan farragoso.
Últimamente estoy preocupado por el VUELCO ESTÉTICO que ha sufrido el sector. La bola de nieve de esfera y base de plástico de toda la vida ha sido, literalmente, RETIRADA DEL MERCADO por un nuevo tipo de globo invernal con esfera de cristal y una horrible peana con motivos alusivos a la ciudad o país al que pertenece. Son terribles, feísimas, un intento lamentable de DIGNIFICAR ALGO QUE NO PUEDE NI DEBE SER DIGNIFICADO. Se trata de bolas de nieve que parecen diseñadas para NUEVOS RICOS POLACOS que aspiran a decorar su mansión marbellí con los susodichos artilugios. Una pena, vamos.
Estas dos últimas semanas han sido intensas en encargos, envíos, favores y, en definitiva, asuntos no lucrativos para la ECONOMÍA DOMÉSTICA. He estado haciendo una recopilación de iconografía mariana para R. del quien acabo de leer el superimprescindible Las creencias de los españoles: la tierra de María Santísima (2,40 euros en Paris Valencia, no hay excusas, sobre todo si se quieren conocer los orígenes de la Virgen del Inodejo).
Última vez que hablo del aterrizaje del platillo Fnac en Sansebastianópolis: el encuentro en la tercera fase se produjo hace un par de semanas, con el astronauta D. a los mandos de la nave de reconocimiento. Tras un suave aterrizaje y algunos problemas de aclimatación –los carteles en lengua vasconita son confusos como los vapores que emanan de la lava de Mercurio- descubrimos que, efectivamente, a nuestra capital de provincia le han regalado UN FNAC DE PROVINCIA, que navega a unos TRES años luz de esa catedral cultural que es el Fnac madrileño de Callao: irrisoria sección de literatura de bolsillo, diminuto apartado dedicado a la música ruidoso-violenta y una alarmante escasez de ofertas musicales. Cuando reúna nuevas reservas de energía y las máquinas de criogenización estén a punto, volveré. De hecho, en las últimas dos semanas he hecho tal acopio de energía que, prácticamente, he pasado más tiempo en el interior de LA TIENDA ENMOQUETADA que en el excusado. Tal es así que luzco orgulloso el carnet de socio de LA SECTA FRANCESA. Lo curioso del Fnac –aparte del personal femenino que atiende, estereotipadísimo como en un tebeo costrumbrista de Mauro Entrialgo- es que los dependientes, de vez en cuando, articulan esa mueca llamada sonrisa, gesto poco común y, a veces, inédito en las librerías de Sansebastianópolis.
