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martes, noviembre 29, 2005

¿Qué es peor, la espera o la sala de espera?

076_1Todo el mundo tiene dificultades para pronunciar tal o cual palabra del diccionario. Mi problema no es con un vocablo enrevesado, sino con la combinación de dos términos de lo más simples: CORREO NORMAL. Lo utilizo a menudo, cuando voy a Correos para enviar deuvedeses piratas o cupones de descuento A UNA EMPRESA DE CUAJADAS CASERAS. Hace unos meses, un amigo me propuso que, en vez de ‘correo normal’, utilizara el término ‘correo ordinario’, una combinación de palabras cuyo laberinto fonético parece más sencillo de superar. Se equivocó. Me resulta tan complicado pronunciar de seguido Correo Normal como Correo Ordinario. Así, puestos a parecer el tartamudo de un chiste de Arévalo, prefiero hacerlo con estilo propio, personalidad y, ante todo, dignidad, mucha dignidad. “Para enviar por correo, rreo, rreonormal, por favor”.

En Guatemala, hace mucho tiempo, hubo mayas. Por supuesto, todo eso ya lo saben ustedes. Construyeron pirámides macizas y tras el auge, llegó la decadencia. Hoy día, en ese país todavía perduran esas construcciones espectaculares lo que me ha conducido por una espiral consumista de libros raros sobre mayas, leyendas de aparecidos y ánimas en pena. A este paso, calculo que podré leerlos en mi tercera reencarnación. De momento, me conformo con ojearlos en el baño y hojearlos durante el largo proceso de encendido del ordenador, es decir, durante 6 minutos y 34 segundos. Pero sin duda, uno de los monumentos más singulares del país y de otros rincones de Centroamérica son los Autohoteles o lo que es lo mismo, la infidelidad milimétricamente calculada, institucionalizada cual cabina de peaje de la autopista. La idiosincrasia de esos lugares es sorprendente porque cada habitación, amén de una cama y un rollo de papel higiénico rosa –todo esto son elucubraciones y postulados, no he tenido el placer de pisar uno-, cuenta con garaje privado de persiana metálica para salvaguardar la identidad del coche y el adúltero –obsérvese el deje AUTÉNTICAMENTE MACHISTA de esta frase-. El Casanova, Solitos, Tú y yo, El Mujeriego I, El Mujeriego II, El Mujeriego III (el McDonalds de los autohoteles guatemaltecos), La Pasadita, El momentito... son algunos de los nombres de estos lugares mágicos que, imagino, se utilizarán para todo tipo de intercambios, siendo los sexuales los menos habituales. En ese país también me impactó sobremanera el fallecimiento de la señora Damaris Arroyo Cordero, esposa de don Servio Flores Cacho, presidente de la empresa GOLLO EL GALLO MÁS GALLO, pero ésa es otra historia.
   
Por lo demás, destacar que hace apenas tres semanas PERDÍ TODA UNA TARDE DE MI VIDA, reordenando discos de forma alfabética. Arrastraba el trauma desde junio, cuando ví que C. en su hogar de Zaragoniápolis hacia las veces y –lo que es más importante- encontraba los discos en apenas segundos. Inexplicablemente, durante años he tenido ordenados los discos de una forma personal y, valga la redundancia, inexplicable, es decir, por sensaciones, etapas de en que fueron descubiertos o estilos musicales sólo existentes para mí. En otras palabras, una concesión romántica de ésas a las que soy adicto y que acaban resultando MUY POCO PRÁCTICAS.

Ya está en los kioskos el magazine impreso Mascotas. Como el Perro y el gato a cuyo primer número presté mis servicios como reputadísimo y dedicado fotógrafo de mamíferos vertebrados, reptiles terápsidos y demás criaturas obra de Dios Todopoderoso. Apenas cuesta tres euros, aunque vale muchísimo más. Por supuesto, invito a que le echen un vistazo rápido en un kiosko de confianza, alegren su día con el artículo sobre pájaros embolados y marchen a su casa sin pagar por ella, a reflexionar sobre la vida, la muerte y la falta de energía avícola.

domingo, noviembre 06, 2005

Sobre la escala de los Seres

073_4Mi vida lectora se divide, en estos momentos, entre el las vidas de los Santos y la vida de una santa. Leo asombrado, estupefacto y CON ADICCIÓN PENITENTE el imprescindible Iconografía de los Santos de Juan Carmona Muela, un recorrido serio, crítico y sutilmente irónico por la vida de... pues eso, de los Santos cuyos nombres decoran nuestros calendarios. La cosa ésta de los santos es de un bizarro que no se sostiene en pie, y ya mismo estoy preparando un periplo por los templos de Sebastianópolis en pos de imágenes, tallas y demás parafernalia vinculada a esta santísima gente para escribir sobre ello con vergonzante ánimo de lucro. Me conformo con ver algo –una astilla, una lágrima, un pensamiento...- de la siempre atómica Santa Rita de la que me he hecho absoluto DEVOTO por los males que sufrió en vida.

El pasado martes, mientras hacia cola en Correos para sellar unos sobres, no pude evitar comparar el libro del que les hablo con el Diccionario de Superhéroes de Lorenzo F. Díaz, un volumen un tanto birrioso –para colmo, fue adquirido a precio de saldo- pero gracias al cual me sumergí en el universo de la Patrulla Condenada y descubrí la existencia de Kamandi. Si uno se parara a pensar y dedicara a tal efecto unos minutos, encontraría centenares de similitudes entre los Santos del imaginario cristiano y los Superhéroes. De todas esas centenas de similitudes, sólo me quedo con dos: ambos arquetipos alcanzan la inmortalidad –la santidad, en el caso de los santos; los poderes en el caso de los héroes- a través del sufrimiento; y ambos son susceptibles de protagonizar UNA COMEDIA DE SITUACIÓN o, en su defecto, una obra de teatro, géneros idóneos –desde mi punto de vista- para explotar el lado humano de gente superhumana. Fin del comentario nerdista.

Decía que alterno lecturas con la vida de una santa y ésta es, por supuesto, Jenna Jameson, cuya biografía es una de las cosas más chapuceras que he leído en lo que vamos de año. Qué poco morbo, qué sutilezas, qué de maquillaje, qué de kilos y kilos de silicona LITERARIO-SENTIMENTAL para hablar de la vida de una persona que dedica su vida a esa cosa tan rara y extrañamente útil que es la pornografía. El libro es malo-malo porque, por momentos, uno cree que está leyendo una novela o, aún peor, la biografía de una dependienta de Ikea con problemas como los suyos –de usted- o los míos. En la página 200 el libro apenas ha levantado el vuelo y espero –por los 22 ecus que ha costado esa inversión en tapa dura- que en las 300 páginas restantes –recordemos que la Jameson cuenta, tan sólo, con 30 años... y su biografía goza de 500 folios-, el sin par Neil Strauss sepa sacar lo mejor –o lo peor- de esta mujer ADICTA A LA HORIZONTALIDAD.

Podría hablar del último concierto de Gluecifer en esa localidad adosada a una autopista, del penúltimo pedido a París Valencia (Celtiberia Show, Mientras Escribo de Stephen King...), de la increíble oferta literaria en los kioskos, de los restaurante schinos pretendidamente modernos en los que sirven la comida de toda la vida en –ojo al factor diferenciador- platos cuadrados, de los mucho que me ha gustado Sandman Mistery Theatre, de lo difícil que resulta encontrar grupos de Metal que ME GUSTEN, del extraño ruido que mete el coche desde hace ya 2.000 kilómetros o, si me tientan, de la extraordinaria mejora de la estrelizia de mi balcón tras casi dos años de coma profundo, pero no.

074_1Pongamos que hablo de las Caras de Bélmez. Ya saben, las caras. Sí, hombre, sí, ésas. Las caras de Bélmez, un asunto así como misterioso y mágico; una muesca en el reverso paranormal del Estado Estatal. Estuve en la casa, pero no en la vieja, sino en la nueva. La vieja, la clásica, la de aquellos extraños fenómenos que paralizaron España a principios de los años setenta estaba cerrada. Sólo abre, como algunos bares, los fines de semana. La nueva, en cambio, es como una gasolinera: abre mucho y bien, con excelente trato a los visitantes y unas explicaciones que quitan el hipo. Había caras en el suelo, eso ya lo saben ustedes, pero no fui capaz de verlas. Estaban ahí, las manchas flotaban en el suelo, la señora se empeñaba en golpear éstas con una vara pero mi INUTILIDAD PARAVISUAL me impedía acceder a ESA DIMENSIÓN DESCONOCIDA JIENENSE. Donde ella veía una cara, yo no veía nada; donde ella veía “El Grito del Greco” –palabras textuales- yo veía el afiche de Some Kind Of Monster de Metallica; donde ella veía el rostro de un Guardia Civil, yo veía el continente Africano. En esto último me convenció y, por supuesto, acabé viendo el semblante de la Benemérita que, por respeto a ustedes y el más allá, pego aquí mismito.

Prometo que he realizado otro reportaje sobre hermetismo cabalístico y/o simbólico de Sebastianópolis pero todavía no ha sido actualizado en el link pertinente. Mientras, tanto, para que ustedes se entretengan y las plusvalías de sus empresas decrezcan en cantidades irrisorias, prueben un poco de esto, un poco de lo otro, un poco de lo de más allá o, qué diablos, de algo tal que así.

Soy consciente –faltaría más- de que las actualizaciones se hacen esperar cada vez más. No siempre será así, lo prometo. Todavía no llueve dinero en las calles de la ciudad, de ahí que haya que buscarlo fuera.