¿En qué se diferencia un milagro de una casualidad?
En abril de 1990 fui a Londres con mis padres y mi hermano. De aquel viaje recuerdo una camarera gallega en el hotel Julio César, unos cacahuetes cubiertos de chocolate blanco en Harrods y un vídeo casero de 90 minutos que me encargué de grabar y NO HE VUELTO A VER DESDE ENTONCES. Ni yo, ni nadie. También recuerdo que mi hermano tenía un encargo que debía cumplir: comprar una camiseta de los Pogues para un compañero suyo de clase. Por supuesto, tras buscar en el HMV de Oxford y alguna tienda más, dimos con la camiseta de la banda en el Tower Records de Picadilly. En aquella época, ni conocía a los Pogues, ni al compañero de mi hermano.
Quince años después de aquel día, Jotaele -un híbrido de Cicerón nocturno y silicona social- me ha enviado un mensaje traicionero, de esos que se envían los jóvenes de hoy a través de sus intercomunicadores personales. Me invitaba, es un decir, a un concierto de un grupo terrible en el no menos terrible Circo Romano de Sebastianópolis. ¿El grupo? M. Muy malos, muy tediosos, muy todo lo nefasto que se les pueda ocurrir. Por supuesto, no nos hemos aburrido demasiado porque hoy he confirmado que la persona a la que le compró mi hermano la camiseta en Londres era Jotaele. En 15 años, sus gustos musicales siguen estancados tras un CANALLESCO Y VIL muro de contención.
El pasado lunes una persona accedió a este lugar tras introducir en el google las palabras Michele Laybourn, esa actriz desconocida cuyo rostro ignoro de la que hablé unas líneas más abajo. El asunto es curioso porque demuestra una vez más cómo internet puede ser un crisol que aúna a todas aquellas personas que utilizan el google para solucionar DUDAS ESTÚPIDAS. También es cierto que a este blog acceden día sí y día también personas que escriben en el google sutilezas como “ver fotos pornográfica gratis casa de niñas de fotos donde verlas de 18 años”, “vidriera "ayuntamiento de marbella", “puerta de emergencia del avion abrir” o “decathlon prostitutas”.
Creo que no hay lugar mejor para pensar que la cola de Correos. Una de las razones por las que prolongué el hábito de las misas de los domingos hasta los 16 años era porque allí, mientras el sacerdote hablaba de PECES, VENGANZA Y DESAMPARADOS, podía recapacitar sobre los LAMENTABLES SINSABORES de la vida adolescente. Una vez finalizada mi vida de cristiano practicante, encontré en las colas de Correos el lugar idóneo para abstraerse de la realidad sin necesidad de escuchar Undertow mientras caminas por la calle en otoño. El pasado martes no pude hacerlo. Lo de abstraerme en Correos, quiero decir. Había un señor Rumano gritando por el teléfono. Creo que estaba ordenando matar a alguien.



