Todas iguales. Cada una diferente
Diez años atrás, en diciembre de 1995, me mudé a un piso en el número 67 bis de Alameda Mazarredo, Bilbao. Eran tiempos de nomadismo estudiantil. Por aquella época, la calle en cuestión era un lugar inhóspito, en absoluto frecuentado por paseantes y trufado de tiendas abocadas al mayor de los fracasos comerciales. Recuerdo una camisería en la que, durante los 15 meses que pernocté en Mazarredo, nunca vi un solo cliente en el interior. De hecho, ni el propio vendedor entraba. Siempre estaba en el exterior, atascado en la puerta, temeroso de ver reflejado su fracaso en el espejo de los probadores, esperando oleadas de clientes que nunca llegaban. En la misma acera había una tienda con productos para espías, un comercio de bañeras y duchas, amén de un bar diminuto y ENTRAÑABLEMENTE SUCIO frecuentado por los obreros que trabajaban en el Guggenheim. El museo en obras era el principal –cuando no el único- atractivo de la casa en la que viví.
La franquicia bilbaína del Guggenheim era, todavía, un esqueleto de vigas granates que, parecía, no iba a finalizar nunca. Ni la gente de Bilbao sabía a ciencia cierta qué se estaba construyendo ahí, ni las consecuencias que ello iba a tener para la ciudad. Llegué a esa casa con el recuerdo reciente de Smoke, la estupenda película de Wayne Wang, contagiada por el ‘estilo Auster’ de contemplar la realidad.
En cuanto salí al balcón del quinto piso del 67 bis de Alameda Mazarredo sabía perfectamente qué es lo que tenía que hacer: realizar una marca en la barandilla y colocar sobre ella, todas las semanas, una cámara fotográfica. Luego pulsaría el disparador. Así, durante 15 meses, cuatro veces por mes. No había normas con respecto a la hora o el día de la semana que había que sacar la foto, ni tampoco discusiones técnicas. Sólo una exigencia más. Las imágenes habían de ser tomadas de día, dadas las limitaciones de las cámaras que poseía por aquel entonces: una de usar y tirar de marca ya olvidada, una Nikon compacta y una Fuji igualmente compacta pero con un objetivo infinitamente mejor. No había zoom, no había trípode, ni objetivos intercambiables, ni velocidad de obturación. SÓLO CÁMARAS SUSCEPTIBLES DE SER REGALADAS EN UNA PRIMERA COMUNIÓN.
El resto de esta teoría ya fue brillantemente escrito diez años atrás, por lo que sería estúpido tratar de rehacer aquello en lo que me basé. Así reza el guión de Paul Auster: “Son todas iguales, pero cada una es diferente de todas las demás. Tienes mañanas luminosas y mañanas sombrías. Tienes luz de verano y luz de otoño. Tienes días laborables y fines de semana. Tienes gente con abrigo y botas impermeables y gente con pantalones cortos y camiseta. A veces son las mismas personas, otras veces son diferentes. Y a veces las personas diferentes se convierten en las mismas y las mismas desaparecen. La tierra da vueltas alrededor de sol y cada día la luz de sol da en la tierra con un ángulo diferente.”
Es la primera vez que muestro abiertamente una selección de estas fotografías. Todas han sido viradas a blanco y negro por razones puramente estéticas. Un último apunte. Las obras del Guggenheim finalizaron nueve meses después de que abandonara la casa. Por ello, nunca obtuve LA FOTO DEFINITIVA del museo, es decir, la instantánea del resultado final: el museo sin andamios ni grúas, sin obreros, ni sacas de cemento. Así, falta una foto para completar la colección y ésa es, precisamente, la única que puede esperar.
La plasmación gráfica de esta historia se encuentra aquí.

Una maravilla,como casi todo lo que usted toca.
Por cierto, bonita columna la final de hoy en el DV. Se acaba un ciclo...
Arazos,
D.
Publicado por: D. | sábado, enero 07, 2006 a las 11:55 a.m.
Yo también sentí la pulsión austeriana de hacer lo de las fotos... De hecho creo que cualquiera con una mínima inquietud pensó rápidamente un emplazamiento propicio y corrió a su casa a buscar su reflex y conseguir un trípode.
Pero pocos, muy pocos lo hicieron realmente. Yo soy de las que lo pensaron pero nunca lo llevaron a cabo. ¡Felicidades por el logro!
Publicado por: Nuala | domingo, enero 08, 2006 a las 05:50 p.m.
Esa pelicula nos marcó a mucho de nosotros y allí descubrimos a un gran escritor. Recuerdo haber visto la peli en un cine que ahora por supuesto ya no existe en las escapadas universitarias de los miercoles. Te felicito, Gonzo, por el trabajo de las fotos
Publicado por: Spirit 76 | martes, enero 10, 2006 a las 05:15 p.m.
Hace apenas un mes volví a ver Smoke. Esa película es increíble, una joya, una obra inspiradora como pocas.
Tuve las mismas sensaciones cuando leí El Cuaderno Rojo.
Publicado por: Gonzo | martes, enero 10, 2006 a las 05:19 p.m.