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viernes, febrero 17, 2006

Vuela alto, Michelle

091
A continuación,  Y SIN VENIR A CUENTO, el top 4 de restaurantes en los que sirven LAS MEJORES TARTAS DE QUESO DEL PLANETA (del planeta TIERRA, por supuesto).

Ekaitz, en el monte Mendizorrotz, santo lugar de ficticios avistamientos ovni sito a 8 kilómetros de San Sebastianópolis. Del Ekaitz y de la mejor tarta de queso que he catado en mi vida ya hablé en una ocasión. Da igual, lo sigo ratificando: esa pieza de hostelería algún día será canonizada. Todo es perfecto en ella, todos sus elementos van perfectamente acompasados, como el universo mismo, como un reloj suizo, como Casino de Scorsese, como el solo de guitarra de Epic, como el párrafo final de El Arpa de Hierba: galleta molida en la base, gélido y cremoso queso fresco en el medio y una mancha caótica de mermelada de arándano en lo alto. Si Dios fuera una tarta, sería la tarta de queso del Ekaitz.

Saltxipi, en el barrio de San Esteban, en Usurbilandia, pueblo extraño de miradas esquivas. Hubo una época en la que era incapaz de distinguir entre la grandiosidad de esta quesada y la del restaurante anterior. Ambas parecían rozar la perfección hasta que un día, por designios de un caprichoso destino, opté por canonizar la tarta del Ekaitz y me limité a santificar la del Saltxipi. Conste que ésta ratifica los mismos aciertos que la citadísima: base de galleta tosca y desmigada, mantecoso requesón y mermelada roja al gusto del comensal... Puede que sean las raciones –un tanto exageradas-, puede que en las últimas ocasiones que he comido-cenado allí llegara a los postres un tanto espeso, el caso es que la tarta de queso del Saltxipi es buena, muy buena, pero debo seguir meditando si me caso, o no, con ella.

Starbucks. Efectivamente, la franquicia de café caro; magno lugar en el que prohíben fumar y le ponen tu nombre –el de usted- a las tazas de plástico en las que te sirven esas bebidas calientes tan adorablemente americanas. Su tarta de queso es, seguramente, producto de una nave industrial del sur de Móstoles o del norte de Mataró, lo que no impide que sea un dulce con fundamento, de texturas compactas y densas manchas de mermelada en su interior. La galleta de la base es, también, un acierto equiparable a la campaña de Patton en Caen, un gozo mundano sólo al alcance de aquellos que quieran pagar los miserables tres euros y pico que cuesta este lujo para el paladar.

Portuetxe, en el barrio de Igara, en el corazón de los pantanos desecados de San Sebastiánópolis. Nada que objetar sobre el requesón ni la mermelada decantada artesanalmente, ambos elementos han sido gloriosamente creados. El problema es su base, ay, su base. No es de galleta, sino de traicionero hojaldre, celestial pieza de hostelería cuyo hábitat ideal, considero yo, no es mi adorada tarta de queso.

Estos escritos han sido hechos bajo la advocación de San Cristóbal (no se pierdan el estupendo protagonismo del que hace gala mi santo favorito en Crash, de Paul Haggis) y Disengage, cuyo Application for an Afterlife me acompaña por las calles de San Sebastianópolis mientras camino con elegancia y porte sin igual. 

lunes, febrero 06, 2006

Amor bajo el agua

088Pongamos que hablo del Capitaine Conan, que hoy es domingo y nadie se ha levantado padeciendo rescaca. El susodicho me escribe para dar fe de un excelente plan para una mañana gélida de febrero: calzarse las pantuflas, ponerse delante del computador y bucear entre los fondos de la librería Paris Valencia en pos de un pedido que dinamite el buzón en un par de semanas. No es la primera vez que hablo de ese lugar, ni será la última, pues París Valencia ha sido, es y seguirá siendo por mucho tiempo, el paraíso de los libros de saldo, los libros pobres, los que nadie quiere y que en ese PIADOSO LUGAR despachan a precios de risa vampírica. La librería valenciana figura en Mis Favoritos como el Paralibro, porque siempre actúa así en mi vida, como un edén en el que puedes coger de casi todo sin miedo a gastar en demasía. A París Valencia le debo gozosísimas escenas vividas en la estafeta de Correos y auténticos momentos  de alborozo frente al computador al comprobar que tenían tal o cual libro de Stephen Keeler, que habían añadido algunos relatos inencontrables de Robert Bloch o que, milagrosamente, seguía siendo la única librería de España en la que vendían el Celtiberia Show de Luis Carandell a 10 euros y en perfecto estado.

Paradójicamente, la magia de París Valencia radica en su intangibilidad, en su inexistencia y, en definitiva, en su virtualidad. No se puede tocar, ni recorrer, ni tan siquiera pasear. Tampoco se pueden ojear sus libros, ni juzgar las portadas, ni elegir el ejemplar que se encuentra en mejor estado porque, aunque existe y cuenta con cuatro tiendas -cimentadas, reales, con paredes, techos y puertas-, lo mejor de París Valencia es su catálogo de venta por correo. Lo comprobé en una ocasión, cuando N. y yo recorrimos 400 kilómetros en coche (200 de ida, 200 de vuelta) para pasear por la estación ferroviaria de Valencia y comprobar si la citada librería era ese lugar mágico que, imaginábamos, tenía kilómetros de estanterías, un fondo editorial ilimitado y sorpresas en cada rincón. Desgraciadamente, no fue así: la magia de París Valencia sólo es palpable en su rebotica, en ese inaccesible almacén en que esconden el vasto catálogo que ofertan por internet. La realidad fue, en esta caso, decepcionante. La virtualidad, por el contrario, no lo ha sido nunca.

Creo haber adquirido cerca de una treintena de libros, y en la mayoría de los casos ignoraba por completo la forma, aspecto o portada de la obra que estaba comprando. Ello es lo habitual porque París Valencia tiene tanto material y tan barato que a uno le da igual lo terrible que pueda ser la edición adquirida. Durante una época no fui capaz de aceptar ese hecho, de ahí que experimentara una súbita pasión por el arte de la encuadernación: cuando recibía un libro y su portada o aspecto no me gustaban, me fabricaba otra. He aquí un par de ejemplos prácticos de esta manía distorsionadora: un volumen de relatos de O. Henry por aquí, y una edición de Amor se escribe sin hache de Jardiel Poncela por acá.

089Al recibir el paquete, la sorpresa siempre –o casi siempre- es total: primero retiras el tosco papel marrón de envolver, luego el plástico con ampollas de aire. A continuación, el cartón protector, seguido del característico papel de envolver de la librería. Finalmente, el tesoro.

Éstos son SIETE hitos consumistas en mi relación con París Valencia, auténticos momentos de alborozo bibliófilo:

-El Gran Día, de Guilles Perrault. No es El día más largo de Cornelius Ryan pero se acerca. Fantástico libro sobre el día D, el factor humano en la II G.M, la resistencia francesa...
-Noches de Sing-Sing, de Harry Stephen Keeler. Extrañísimo y, ojo, entretenidísimo. Si David Lynch tuviera 12 años, escribiera libros y los hiciera inteligibles, alumbraría libros como los de Keeler.
-Miedo y asco en Las Vegas, de Hunter S. Thompson. Edición muy rara, publicada en los años setenta en la colección Star Books de la editorial Producciones Editoriales.
-La Hermandad de la Uva, de John Fante. Un año antes de que Anagrama recuperara la obra de Fante, París Valencia contaba –y creo que sigue contando- con ejemplares de la, para mí, la mejor novela del escritor norteamericano.
-Obras de teatro de la editorial Escelicer publicadas en los años sesenta: deliciosos libritos a 0.90 euros con comedias de Miguel Mihura (Ninnette, modas de París, Milagro en casa de los López) o del sin par Edgar Neville (Alta Fidelidad).
-De New York a California, de Antonio Heras. Auténtica joya de periodismo viajero, burgués y exquisito editado por Espasa en los años cincuenta. Poco debió vender en su época porque en PV llevan años despachando ejemplares a 1,20 euros.
-Dossier Privado de Hitler. No es un libro, ni se le parece. Se trata de una carpeta de cartón que contiene varios fac símiles bastante cafres: uno del pasaporte militar del Führer, un par de fotos (presuntamente prohibidas, imagino que por lo de la semidesnudez) de las hermanas Braun, un retrato a color del dictador, un poster de propaganda nazi y, lo mejor, una acuarela fea feísima pintada por Hitler.

Sólo hay una cosa mejor que leer: comprar libros por correo. Lo primero, en ocasiones, decepciona. Lo segundo, casi nunca.

jueves, febrero 02, 2006

La simplicidad de las bicicletas

087Me encontré a B. en el tren que une –es un decir- Madrid con San Sebastianópolis. Yo viajaba en el vagón 11, junto a una señora que lucía una mascarilla verde de quirófano. B. lo hacía en el vagón 18, aunque acudía a mi carruaje para fumar, a escondidas, en el baño de Preferente. Leía –yo, no él- El Enigma de Colón de Juan Eslava Galán, un libro-ensayo altamente recomendable que nada tiene que ver con la novela histórica así como paranoica y conspiratoria que ahora está en boga. El libro es entretenido, revelador y ARREBATADORAMENTE PESIMISTA por esas conclusiones tan obvias que todos ustedes ya están pensando sobre el descubrimiento de América, el indiocidio y todo lo demás. Una vez finiquitado éste, comencé a releer El Misterio de las Catedrales de Fulcanelli, en una edición de bolsillo recién adquirida para subrayar, pintar, dibujar y llevar de viaje pues sentiría pena al violar el ejemplar de la colección Rotativa de Plaza & Janés que compré en El Desván del Libro.

La gran sorpresa del viaje fue descubrir que B. portaba Ciudad Violenta de Jim Thompson, MI CIUDAD VIOLENTA, que le presté en septiembre de 2004 y aprovechó para devolverme tal día como el domingo. En su día, también se llevó Diario de un álbum de Dupuy y Berberian, MI DIARIO DE UN ÁLBUM, pero no hubo suerte: ése no lo llevaba en la mochila.

Desde hace un par de semanas conduzco SIN UTILIZAR EL INTERMITENTE DE LA DERECHA. Lo hago porque, por obra de magia, dejó de funcionar y no encuentro el momento adecuado para llevarlo al mecánico. El intermitente se ilumina, claro, como siempre: ahora sí, ahora no, recuerden el chiste. El fallo surge cuando presiono la palanca y algún CABLE CANALLA se niega a transmitir la señal. Por supuesto, en ningún momento he nadado en las AGUAS DE LA ILEGALIDAD porque siempre que conduzco lo hago por la derecha, de forma que nunca debo indicar ni avisar a nadie sobre mis movimientos. ¿Y las salidas de la autopista? Enciendo las luces de emergencia, entono una saeta en honor de San Cristóbal y quedo absuelto de todo pecado. Conducir sin intermitente derecho es un ARTE que recomiendo practicar a todo el mundo, como subir en el ascensor conteniendo la respiración, caminar por la calle sin pisar las baldosas blancas o contar los mojones impares de la autopista.

En Madrid, también compré el Diccionario de Símbolos de Juan Eduardo Cirlot, editado por Siruela; dos preciosas ediciones fac-simil de las Aventuras de Arturo Gordon Pym de Edgardo Allan Poe y El Comandante Pipe y su padre, de René Benjamín, ambos por 2,95 euros en Casa del Libro. No es que recomiende su compra, sino que, directamente, obligaría a todo el mundo a que se pasara por las franquicias de toda España de esa librería y ARRASARA con todas esas fantásticas reediciones de los años veinte, incluyendo el libro de viajes sobre Nueva York, de Julio Camba o los cuentos de Perrault. Feliz Navidad.

También me compré de saldo Powerslave, de Iron Maiden (a mis 28 años, qué cosas, estoy descubriendo la piedra angular del HEAVY MENTAL) pero este acontecimiento tan fantástico y singular es digno de un post aparte... o no.