Vuela alto, Michelle

A continuación, Y SIN VENIR A CUENTO, el top 4 de restaurantes en los que sirven LAS MEJORES TARTAS DE QUESO DEL PLANETA (del planeta TIERRA, por supuesto).
Ekaitz, en el monte Mendizorrotz, santo lugar de ficticios avistamientos ovni sito a 8 kilómetros de San Sebastianópolis. Del Ekaitz y de la mejor tarta de queso que he catado en mi vida ya hablé en una ocasión. Da igual, lo sigo ratificando: esa pieza de hostelería algún día será canonizada. Todo es perfecto en ella, todos sus elementos van perfectamente acompasados, como el universo mismo, como un reloj suizo, como Casino de Scorsese, como el solo de guitarra de Epic, como el párrafo final de El Arpa de Hierba: galleta molida en la base, gélido y cremoso queso fresco en el medio y una mancha caótica de mermelada de arándano en lo alto. Si Dios fuera una tarta, sería la tarta de queso del Ekaitz.
Saltxipi, en el barrio de San Esteban, en Usurbilandia, pueblo extraño de miradas esquivas. Hubo una época en la que era incapaz de distinguir entre la grandiosidad de esta quesada y la del restaurante anterior. Ambas parecían rozar la perfección hasta que un día, por designios de un caprichoso destino, opté por canonizar la tarta del Ekaitz y me limité a santificar la del Saltxipi. Conste que ésta ratifica los mismos aciertos que la citadísima: base de galleta tosca y desmigada, mantecoso requesón y mermelada roja al gusto del comensal... Puede que sean las raciones –un tanto exageradas-, puede que en las últimas ocasiones que he comido-cenado allí llegara a los postres un tanto espeso, el caso es que la tarta de queso del Saltxipi es buena, muy buena, pero debo seguir meditando si me caso, o no, con ella.
Starbucks. Efectivamente, la franquicia de café caro; magno lugar en el que prohíben fumar y le ponen tu nombre –el de usted- a las tazas de plástico en las que te sirven esas bebidas calientes tan adorablemente americanas. Su tarta de queso es, seguramente, producto de una nave industrial del sur de Móstoles o del norte de Mataró, lo que no impide que sea un dulce con fundamento, de texturas compactas y densas manchas de mermelada en su interior. La galleta de la base es, también, un acierto equiparable a la campaña de Patton en Caen, un gozo mundano sólo al alcance de aquellos que quieran pagar los miserables tres euros y pico que cuesta este lujo para el paladar.
Portuetxe, en el barrio de Igara, en el corazón de los pantanos desecados de San Sebastiánópolis. Nada que objetar sobre el requesón ni la mermelada decantada artesanalmente, ambos elementos han sido gloriosamente creados. El problema es su base, ay, su base. No es de galleta, sino de traicionero hojaldre, celestial pieza de hostelería cuyo hábitat ideal, considero yo, no es mi adorada tarta de queso.
Estos escritos han sido hechos bajo la advocación de San Cristóbal (no se pierdan el estupendo protagonismo del que hace gala mi santo favorito en Crash, de Paul Haggis) y Disengage, cuyo Application for an Afterlife me acompaña por las calles de San Sebastianópolis mientras camino con elegancia y porte sin igual.



