Dos minutos para la medianoche
Tengo una Petri. La compraron mis padres en Canarias, de viaje de novios, hace más de treinta años. No es reflex pero casi: tiene un objetivo fijo de 45 mm con el que resulta, casi imposible, enfocar, de ahí que la cámara goce de la increíble capacidad para retratar la realidad de forma difusa y desenfocada. Con ella aprendí a manejar la velocidad de obturación y la apertura del diafragma, dando a luz a una serie de carretes de lo más marciano. Hace dos años introduje en la Petri un carrete caducado. Mi intención era sacar una foto en cada uno de los lugares que visitara con ella, de forma que, 36 fotos después, la cámara daría a luz un carrete único e irremplazable. La imposibilidad de viajar allá donde fuera con otra cámara más (amén de la Polaroid, la digital o la reflex por aquello de que sólo con ella puedo utilizar un gran angular) truncó el experimento y, a día de hoy, ignoro qué es lo que contiene la cámara. El contador de fotos lleva estropeado una década lo que hace imposible conocer cuántas fotos tiene en su interior o cuántas más voy a poder sacar.
Hace dos años, también, conseguí un teléfono móvil con cámara de fotos. Durante todo este tiempo lo he utilizado de forma más o menos regular para fotografiar mil doscientas tonterías. El problema era la imposibilidad de descargar las imágenes sin antes apoquinar 1 euro por transferir del teléfono al ordenador un birrioso archivo de 10 kas. El pasado fin de semana, gracias al MILAGRO DE LOS INFRARROJOS, conseguí llevar a cabo la transacción y, para mi sorpresa, una importante cantidad de fotos estaban corruptas, atrapadas en el mundo electrónico del móvil sin posibilidad de salir de él. De las 38 fotos que conseguí rescatar he seleccionado 15 para colgarlas aquí, a modo de resumen subjetivo (y viciado por las imperfecciones de la tecnología) de lo que he hecho en los últimos dos años. He aquí, pues... lo que he hecho en los últimos dos años.
Lo primero que hice con la cámara fue sacarme una foto, una semana antes de cortarme el pelo; luego viajé a Barcelona en avión y, al llegar al aeropuerto, sentí la necesidad de defecar en El Prat. Lo hice, en compañía de El Gran Día de Gilles Perrault. Dos meses después, conduje desde Soria hasta Vitoria para ver un concierto de Fear Factory. No pasó ni un mes y saqué una foto de Pasajes a las 7.01 de la mañana, poco antes de partir hacia Burdeos, y otra en Mallorca a las 7.47 de la mañana, a un muelle de madera de la playa de la Albufera. He aquí un vistazo a las baldosas de San Sebastián, y otro a los azulejos que decoran el suelo del café Iruña de Bilbao. En noviembre de 2004, llegué a Barcelona a las 6.30 de la mañana tras un viaje en el bus nocturno. Desayuné un Cola Cao y una napolitana en una cafetería adosada a El Corte Ingles de la plaza de Cataluña y marché al Cementerio del Este para sacar fotos al amanecer. Allí ví la estatua de El Beso de La Muerte. Poco después, contemplé una extraña puesta de sol en San Sebastián. En septiembre de 2004 acudí al cine Astoria para ver el pase de Pink Flamingos, proyectada durante el Festival de Cine de ese año. Dado que el cierre de ese cine y el derribo del edificio era inminente, saqué esta foto. Poco después del incendio del Windsor pasé por Madrid y allí cometí el acto provinciano y pueril de fotografiarme junto a él. Luego me corté el pelo, saqué una foto a la mesa del técnico de Punto Radio y marché a Madrid de nuevo para ver a Mötley Crüe en directo. Días después de aquello, acudí a una boda y aparecí, como no podía ser de otra forma, borracho y desdibujado.

