¿Conseguirá el entomólogo satisfacer su afán de venganza?
En los cómics de superhéroes que publicaba Zinco hace unos años aparecía, con mayor o menor frecuencia, algún artículo o una carta en la que tal o cual persona explicaba cómo se introdujo en el mundo del tebeo. No se referían al aspecto profesional, sino al puramente formal, al acto de iniciación e introducción en la lectura de viñetas. Desde el principio, me sentí extremadamente atraído por ese tipo de escritos, bien por la capacidad que tenían –a través de un lenguaje elemental y afable- de transmitir grandes historias construidas con insignificantes detalles, bien porque, en el fondo, todos ansiábamos hallar un alma gemela –ya sea ésta de Wisconsin o Tánger- con la que compartir un acto tan nimio y, a la vez, cósmico como es el comenzar a leer tebeos de superhéroes.
Detrás de cada relato autobiográfico, de cada tebeo de La Masa comprado en un supermercado cualquiera en un día lluvioso de abril, había una importantísima carga de emotividad, varias gotas de sentimentalismo pero, también, una capacidad nada habitual para contar una historia de forma amena y directísima, sin caer en las trampas del estilo. Así era porque todas las personas que vertían sus pensamientos en esos escritos, todavía seguían leyendo tebeos y, en consecuencia, seguían practicando los mismos y deliciosos hábitos de aquel que está enganchado de por vida al asunto éste de los bocadillos de texto. También incidían en los detalles propios del que está aquejado por el virus del coleccionismo y, en consecuencia, del conservacionismo más enfermizo. Es decir, el olor del tebeo recién impreso, las cubiertas vírgenes de huellas, la ilusionante llegada de un nuevo número al kiosko –eran tiempos en los que las capitales de algunas, bastantes provincias no contaban con librerías especializadas-, el vistazo rápido a la sección de correo en pos de una noticia que sería imposible conocer de otra forma...
En mi caso, todo comenzó un domingo de octubre de 1989. Tenía 12 años, esa edad en la que aquello que descubres y te produce placer, casi con seguridad te acompañará el resto de tu vida. Volvía de una comida familiar y me detuve ante uno de los kioskos de la Avenida de la Libertad (o ‘de España’ según el ideario urbano del franquismo). Llevaba tiempo queriendo introducirme en el asunto de los tebeos de superhéroes pero las elevadas cifras de numeración me alejaban de un universo que se me antojaba demasiado hermético y ajeno. Las posibilidades de comprar la parte número 227 de una historia y no enterarme de absolutamente nada eran terriblemente altas en aquella época de ingenuas estrategias comerciales por parte de las editoriales de tebeos.
Por ello, cuando descubrí el número uno de El Extraño por el módico precio de 200 pesetas (1,20 ecus al cambio) supe que debía ser mío. En ese momento, y por gilipollas que pueda parecer esta afirmación, mi vida cambió por completo. Por supuesto, la historia me subyugó pero había algo más. Leía y releía cada número como si ese acto mecánico acelerara la llegada del mes siguiente; me detenía en los detalles; en las historias de terror de Bernie Wrighston que completaban el tebeo –una de las cuales plantó en mí el deseo, todavía insatisfecho, de comer ancas de rana-; y trataba de dotar de trascendencia a un cúmulo de papel grapado que, para qué engañarnos, había sido creado para el consumo popular. La historia de El Extraño –fascinante título y nombre para un personaje- iba ganando enteros mes a mes, primero con el inquietante primer número, la violenta segunda entrega, la reveladora tercera parte del folletín y, finalmente, el dramático final. Todo era perfecto, a pesar de que sus autores, el citado Bernie Wrighston al dibujo y Jim Starlin al guión, no han sido, ni remotamente, nombres a los que he seguido la pista compulsivamente, sino todo lo contrario. Apenas una semana después de adquirir el primer número de El Extraño, volví al kiosko a por otra dosis de papel con viñetas, lo que fuera. Compré el número 28 de Batman –dibujos de Breyfogle, guión de Wagner y Grant- y volví a quedar seducido por la narrativa de las viñetas.
Paradójicamente, a día de hoy, la mayoría del material de ficción que leo son tebeos. Americanos, franceses, japoneses, belgas... da igual. La imposibilidad de recibir placer inmediato de una novela y una desafortunada sarta de decepciones en el campo de la ficción literaria ha provocado que me refugie en obras redondísimas como Uzumaki –nunca una obra escrita había sido capaz de generar en mí tal cantidad de mal rollo-, Brüssel –auténtico álbum de culto, la guía ideal para visitar Bruselas y comprender así una ciudad extraña como pocas- o las historias de Batman de principios de los 90 que ahora reedita Planeta.
Desde 1989 he comprado dos ocasiones más el primer número de El Extraño –una para regalar, otra para enmarcar-; adquirí la colección completa para obsequiarla en el momento adecuado a la persona adecuada, y he recomendado la compra de esa miniserie a media docena de personas. Que yo sepa, tres de ellas se hicieron con los cuatro números de El Extraño y quedaron satisfechos.

No he leído El Extraño, aunque los dibujos de Wrighston me parecen fascinantes.
Mi historia con los cómics es diferente por culpa de mi sexo: ¡las chicas no leen cómics! Cuando eres pequeña no te planteas la destrucción de un dogma así y aunque te encanten los Mortadelos, Super López, 13 Rue Percebe, Zipi Zape... y alucines y descubras cosas sobre el sexo leyendo a escondidas los Víbora de tu tío... pese a todo eso no se te ocurre ni loca con 12 años ir a un quiosco y comprarte un Batman. ¡¡¡¡Es para chicoooos!!!!!
Así que los superhéroes llegaron bastante más tarde a mi vida, sobre los 18. Gracias a mi ex (le tengo que agradecer eso), que vio la semilla del interés hacia las viñetas en mí y mi total falta de prejuicios hacia el género. Yo ya era una amante de los relatos góticos, de las ilustraciones, de la ciencia ficción, de las novelas de aventuras... El éxito estaba cantado. Primero me tanteó con relatos "para adultos" de Vértigo pero pronto llegaron también los superhéroes y los mutantes. Y llegaron para quedarse.
Durante una época (y de hecho ahora también) devoraba con avidez psicópata todo lo que se me ponía por delante. He leído mucha bazofia pero también he descubierto cosas maravillosas. Ahora estoy consumiendo como una polilla la extensa comiteca de Roger. Quizá sospecha que cuando acabe lo dejaré por alguien con más cómics. ¡Tonterías! No para de comprarse cómics nuevos y cuando acabe siempre puedo releer... :-D
Publicado por: Nuala | jueves, abril 13, 2006 a las 10:00 a.m.
Todo este post podría haber quedado resumido en una frase:
"Me metí en el mundo de los comics por la BATMANÍA".
Y lo primero que te compraste fue el disco de Prince...
Publicado por: Chingoto | sábado, abril 15, 2006 a las 04:46 p.m.
Cómo siempre, Gonzo, dando en la diana. Yo leo tebeos comics desde los 6 años, ya que nunca me gustaron los muñecos o coches. Mi madre tenía el ritual de llevarme todos los viernes después de cobrar la paga en la fábrica a comprar un comic en un kiosco. Un día que decidí no comprar el tebeo y gastarmelo todo en sobres de cromos, al salir del kiosko un par de hijos de puta me los quitaron. Mi madre me dijo que mejor que me hubiese comprado el tebeo de todas las semanas.
Ah, que recuerdos. Mucha inocencia.
Publicado por: Spirit 76 | martes, abril 18, 2006 a las 11:17 a.m.
Yo he llegado tardísimo a los cómics, porque como dice Nuala, no creo que Zipi y Zape y Mortadelo se le pueda comparar. Los que he leído hasta ahora, recomendados por gente que los ama de verdad, como el propio Gonzo o como Kilgore o Nuala, me han encantado, son especiales, mágicos. Supongo que nunca es tarde si la dicha es buena.
Publicado por: Blackstar | martes, abril 18, 2006 a las 10:05 p.m.
Pues puede comer ancas de rana baratas en Irun, en el restaurane chino de la plaza San Juan. Durante una temporada se encuentra en la Calle Mayor, que el lugar original está en obras. No lo confunda con el Han Bar-Restaurante Oriental, que está en la misma calle, que ese no mola nada.
Mi segundo reenganche a los super-heroes fué con Alpha Flight.
Publicado por: jesus miguel | martes, junio 13, 2006 a las 01:03 p.m.